Mi calle
O mi casa
Cuando digo que vivo sobre Saraví la gente se sorprende; piensan que estoy mintiendo o cantando. Mi calle lleva el nombre de algún prócer que desconozco y cuya hazaña nunca voy a tomarme el trabajo de investigar.
Mi calle no tiene números ni alturas. Empieza en una cancha de tenis y termina en un cementerio. Lleva una hendidura que fui labrando con mis idas y venidas de la parada del colectivo, ese portal sobre la colectora que solo identificamos los que lo conocíamos antes de que se convirtiese en un umbral de Teseo. Es un portal destechado: dos postes oxidados y una chapa que es atracadero para kilos de basura que nadie nunca recoge. Pero los bondis obedecen a la autoridad de esas estacas torcidas. Bajan de la autopista, frenan con un silbido y nos socorren, levantando nubarrones secos sobre los cascotes partidos.
Los colectivos van y vuelven, y sus oleajes siempre acaban escupiéndome en la calle de mi casa: una cabaña de ladrillos que a veces se me atora en la garganta. Lloro cuando pienso que la primera vez que la vi no era una cabaña sino un cubo; un cubo que mis padres fueron llenando de chicos, muebles, mantas de aguayo y una dinastía sucesoria de mascotas. Un gato que devolvimos después de que mi padre estornudara a los gritos por dos semanas; un perro que durante doce años cazó palomas para ofrendarlas a los pies de mi hermano; un conejo rabioso que aún muerde los cordones de mis zapatillas.
A mí me gustaría arrancar esa casa de sus cimientos y reubicarla en alguno de los pocos baldíos que aún quedan en Buenos Aires. Sería todo tanto más sencillo si mi casa no quedara en mi calle, si mi andar nervioso no llevara sus marcas, si yo no me perdiese en cualquier otro lugar por fuera de estos quinientos metros de asfalto viejo.
Mi calle me vio tropezar cientos de veces con las mismas piedras, me vio ensayar mis mentiras favoritas. Sus cuadras cortas no alcanzaron para esconder los vómitos en la zanja, mis tumbos sobre la bicisenda quebrada, las veces en que me arrodillé frente a mis novios bajo la sombra corta y escasa de algún arbusto reseco. Mi calle fue testigo de todas las veces en que me expliqué a policías, del paso de mi pubertad y del disfrute de los viejos verdes que lo estudiaron agazapados tras los cercos.
Mi calle linda, porque hay calles feas por mi zona, y en la mía crecen aromos que encajonan vientos que me peinan cuando ando en bicicleta. Una calle que además es fortaleza; una isla al resguardo de lo precario de mi barrio y la crueldad del tiempo. Es un páramo arrasado por ladrones, troncos tumbados por tormentas, oleadas de barro periódicas y jaurías de cotorras babosas.
Mi calle que me cela, porque aunque intente arrancármela la creo solo mía, y odio que mis vecinos también la sientan propia. Porque detesto cuando otros la atacan y la defiendo con rabia cuando estoy lejos, como si fuese un familiar enfermo y maltrecho del cual solo yo puedo burlarme. Mi calle pertenece solamente a mi ADN y al de mis hermanos y mis padres y mi perro y mi gato y mi conejo, todos criados, arraigados y enterrados en el jardín de mi calle.



