Hacerse un corte de pelo feo
Un manifiesto en contra de la coquetería
Toda mujer debería, alguna vez en su vida, hacerse un corte de pelo feo.
Un corte deliberadamente espantoso. Sin mucho preámbulo ni inspiración.
Debería idear un peinado que no aparezca en las revistas, ni en las películas ni en los posteos de las influencers que, nos prometemos, algún día dejaremos de seguir.
Una mujer debería ir al primer peluquero que encuentre, mientras más barato, mejor. En lo posible, que se llame Maxi, que sea pelado, mida un 1.90 y que use camisetas de Los Pumas. Es importante que Maxi atienda en el garage de su casa, con paredes aún no revocadas y el cableado entubado en un reluciente acordeón de aluminio.
Una mujer debería mostrarle a su peluquero una foto que encontró googleando “Winona Ryder 90s”, aunque no por más de 5 o, como mucho, 10 segundos. Dado ese momento, el peluquero debería subirle el volumen a su televisor para darle gas a November Rain de Aerosmith.
Una mujer debería sentarse en la butaca de espaldas a su madre, enfrentada al segundo espejo del garage de Maxi. Hace años acuden juntas a su servicio, porque Maxi ofrece descuentos por combinados como tintura más keratina. Es importante que las butacas estén dispuestas de tal manera que ustedes se den la espalda y puedan evitar los ojos de la otra en sus respectivos espejos. De esta manera, una es capaz de sentir las miradas de reojo de su propia madre, que va a estudiar los tijeretazos certeros con la desilusión de quien ve desplomarse un castillo de naipes.
Es preciso que otra clienta, sentada a la espera de un lavado en el sillón a la derecha de tu madre, le comente: “La verdad que tu nena tiene una carita preciosa, cualquier cosa que se haga va a quedarle espectacular.” Como respuesta tu madre asiente, fijando ahora su vista en una baldosa suelta.
Una mujer debería reconocer su error sin grandes dramatismos ni arrepentimientos.
Debería enfrentarse al resultado final mirándose en un espejo de mano con una sonrisa resignada y serena, entrecerrando los ojos como una siempre hace ante el estruendo de un secador de pelo. Es importante que escuche y acepte el comentario socarrón de la propia madre, que se ríe y le comenta: “Es lo que pediste.” Tiene toda la razón.
Una debería pedir encontrarse con una imagen ingrata e inesperada en cada reflejo.
Una debería conformarse con sentirse un poco menos que su yo del pasado, que la visita cada vez que abre su billetera en busca de su DNI.
Una mujer debería despertarse con la cabeza convertida en una mata electrificada que sea inmune al agua y a los geles y a las hebillas.
Una mujer debería rendirse y usar gorros. Y está bien usar gorros, porque ahora hace frío y afuera nieva como nunca ha nevado. Nieva en copos iridiscentes, en hielo resbaladizo, en montañas enterradas que se enchastran con el barro de los zapatos y las bicicletas y los autos. Y los chicos atraviesan la vereda en trineos, los muñecos emergen como tótems en las esquinas, los resbalones la tumban a una de cara al asfalto en la bicisenda.
Es preciso levantarse y sacudirse los copos. Es preciso ir al encuentro de las otras figuras en la calle, que se encuentran enfundadas en abrigos igualmente amorfos. Avanzan sin apuro, abrazándose a alguna baranda para perforar la ventisca.
Una debería derivar un cierto placer de tocarse la cara y notarla rugosa y escamosa a causa del viento y las caídas y los copos. Debería regocijarse en usar siempre la misma ropa, calzarse siempre las mismas botas. Una debería hacerse un corte de pelo feo y, luego, olvidarse del asunto.



